Joaquín Eguren Álvarez (*)
Las editoriales se definen como empresas creativas cuyo objetivo principal es la publicación y venta de libros. En general, pareciera ser que el hecho de publicar un libro no difiere mucho de una u otra editorial; encontramos variadas y casi infinitas publicaciones en redes sociales donde cada mes se nos presentan novedades literarias de distintos temas, géneros y formatos. (**)
Si buscamos dentro de las páginas web de librerías locales e internacionales, pareciera ser que todos los libros pasan por procesos similares y terminan en un formato determinado de publicidad y venta, donde el lector decidirá qué títulos desea adquirir. Visitamos ferias de libros en las que pareciera ser que las editoriales sólo se distinguen en sus temáticas o géneros, pero más allá de eso, nuestra visita no nos permite identificar grandes diferencias entre ellas aparte del tamaño del stand, el nivel de publicidad y gráfica de cada una. Estas situaciones nos podrían llevar a pensar que todas las editoriales funcionan de la misma manera y que cada libro que se publica sigue un proceso similar. Sin embargo, es momento de que hagamos una pausa e intentemos un ejercicio de definición, distancias y fronteras en la cartografía editorial chilena.
Para comenzar, debemos diferenciar entre dos conceptos claves: publicar y editar. Publicar se entiende como el acto de hacer algo público, en este caso el objeto del libro en su variedad de formatos, mientras que editar hace relación a los caminos que debe tomar un manuscrito para convertirse en libro; aborda directamente el trabajo que se realiza sobre el texto a publicar y se nutre de la comunicación entre editor/a y escritor/a. La lógica de la edición se puede fundamentar en la idea de que los autores no escriben libros, por lo que son incapaces de publicar sus obras, ya que éstas, hagan lo que hagan, terminan siendo impresas por artesanos, mecánicos, ingenieros o diseñadores digitales (De Diego, 2019). Bajo esta mirada el trabajo del editor es de gran importancia para abrir las puertas de los manuscritos al mundo editorial. El proceso de edición no es simplemente reproducir un manuscrito: la edición es el momento en que «un texto se vuelve un objeto y encuentra lectores» (Chartier, 1999, p. 59), implica que este —sea manuscrito, borrador, discurso oral— se materialice en un formato estable —páginas impresas, encuadernado, elementos materiales— que puede ser distribuido y leído. En ese sentido, se considera al libro no como un hecho inmediato ni natural; la edición contribuye a transformarlo en «libro» —un objeto cultural, histórico, social.
En un mundo donde abundan los datos y la saturación de contenidos, el libro también se ve envuelto en esta dinámica. Como resultado, pareciera ser que la visión de edición literaria de largo tiempo no se condice con el número y ritmo actual de publicaciones de libros, indicando que tal vez el rol del editor podría ser prescindible. Esta segunda visión editorial se alinea con la búsqueda de grandes beneficios económicos considerando al libro principalmente como mercancía y en el proceso alterando las funciones y decisiones que debe tomar un editor. Esto se refleja en que la aprobación de publicar un libro recaiga netamente en responsables financieros y económicos por sobre el criterio de un editor (Schiffrin, 2001). Es importante mencionar que en lo que respecta a los roles y espacios que estas dos miradas sobre la edición ofrecen, tiende a haber cierto equilibrio donde las editoriales complementan el trabajo de unas y otras y de alguna manera buscan orientar sus caminos en base a procesos con algún grado de similitud. Debemos recordar que para que una editorial pueda ser sostenible requiere vender libros, por lo que estas dos miradas sobre la edición tienden a posicionarse en los dos polos de interés del libro: el capital simbólico y el capital económico. Entendemos en el mundo editorial como el capital simbólico, el «prestigio» y la calidad que cada título publicado trae a una editorial, mientras que el económico tiene relación con las ventas y posibles ganancias que el libro pueda generar.

Pues bien, ahora que hemos presentado brevemente el marco de referencia de la edición moderna, podemos describir los tipos de editoriales que se encuentran en el ecosistema nacional del libro. En el contexto chileno se pueden identificar los siguientes tipos de editoriales (Núñez Riveros, 2014). En primer lugar, las editoriales comerciales (transnacionales/multinacionales): enfocadas en obtener altos beneficios económicos. Se caracterizan por reunir en sí una gran cantidad de sellos que por lo general comenzaron siendo independientes hasta que una empresa más grande se interesó en su compra. Los catálogos de estas editoriales intentan abarcar todos los géneros y autores, pero debido al modelo de ganancias, la selección y tiradas de imprenta están supeditadas al éxito comercial relativamente inmediato. Esto crea un ciclo intenso de publicación donde se intenta acertar con algún «best seller» que pueda dar crédito inmediato a la inversión y, en el caso contrario, se terminan vendiendo los ejemplares a precio de saldo.
Luego tenemos a las editoriales independientes, las cuales son de menor tamaño y generalmente son dirigidas por sus propios dueños, quienes cumplen distintas funciones del proceso de publicación, interviniendo en prácticamente todas las etapas del proceso. Estas editoriales se caracterizan por la búsqueda de un nicho literario, por lo que sus inicios siempre apuntan a un público acotado. En base a los resultados y la construcción de catálogos suelen ampliar sus colecciones y público lector. La forma más activa de ventas y vinculación con los lectores es a través de la participación en ferias literarias independientes y la organización de lanzamientos de libros.
Dentro de esta lista también se pueden agregar las editoriales universitarias las cuales surgen dentro de estos centros educativos y que tienen como objetivo presentar y consolidar las bases de la línea educativa que estas desarrollan, por lo que su foco está en la publicación de libros académicos que permiten transmitir conocimientos más allá de la sala de clase, y las editoriales estatales cuyo nombre nos indica que estas entidades son financiadas por el Estado y cuyas publicaciones dependen de los temas que el Estado quiera difundir. Pensar en un ejemplo en contexto chileno es la Editorial Quimantú creada durante el gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende. Otro ejemplo de estas editoriales es el Fondo de Cultura Económica de gran presencia en nuestro país, dos librerías de gran catálogo y ciclos de publicaciones constantes vinculados con autores locales.
Editoriales independientes: el libro como objeto cultural
En el caso de las editoriales independientes pareciera ser que su definición es compleja por lo que la pregunta inicial que deberíamos hacernos es a qué se refiere esta independencia, independientes de qué. En primer lugar, se podría indicar que estas editoriales poseen independencia económica en el sentido de que son ellas las que financian la gran mayoría de sus libros, y decimos la gran mayoría debido a que es sabido que muchas de ellas se nutren de los apoyos entregados en formato de fondos de libros, ya sea por el Estado chileno o por instituciones privadas de distinta índole. Dentro de esta misma línea, el editor independiente se caracteriza por la construcción de un catálogo más cuidado o de fondo, considerando que cada uno de los libros a publicar debe ir más allá de la publicación de la obra, sino que debe discutir, dialogar y hacer sistema con los títulos ya publicados. Esto se puede observar en la creación de catálogos, los cuales se identifican por el diseño gráfico de la colección, el género literario, entre otros. Es en este mismo ámbito donde podríamos explorar un poco más el concepto de independencia y libertad que tienen los editores para seleccionar libros, pero también de negarse a publicar otros. Con esto queremos enfatizar que es aquí donde se disputa la independencia del trabajo editorial, al no estar guiados netamente por las ganancias económicas, el editor tiene un margen más amplio de trabajo y puede prescindir de títulos que no llenen su gusto literario y que de alguna forma pongan en riesgo el capital simbólico que ha acumulado aquel sello editorial.
En la práctica diaria, esta independencia se traduce en una soledad habitada por decisiones éticas. Como editor, la verdadera disputa no ocurre en la oficina de un contador, sino en la mesa de lectura frente a un manuscrito que, aunque prometedor, no «encaja» en el diálogo que mi sello ha construido con sus lectores. Ser independiente es tener la libertad de decir «no» a una venta segura si ésta compromete la coherencia del catálogo. Pero también implica asumir la precariedad: el editor independiente es, a menudo, quien corrige la errata de madrugada, quien elige personalmente el gramaje del papel pensando en el tacto del lector, quien carga las cajas de libros en las ferias, quien participa de la venta directa de sus libros, quien gestiona espacios para lanzamientos, entre otros. Es en ese esfuerzo físico y artesanal donde el texto deja de ser una mercancía para convertirse en ese objeto cultural del que habla Chartier; es ahí donde la edición cobra sentido como un acto de mediación y no solo de producción.
Es el catálogo uno de los elementos más importantes mediante el cual el editor habla a su público objetivo y donde cumple un rol fundamental en el ecosistema del libro: la bibliodiversidad (López Winne & Malumián, 2014). Al tener la libertad de no depender totalmente del espectro económico, la editorial independiente puede trabajar textos que estén fuera de las convenciones de ventas y por lo tanto lejos de los radares de las multinacionales. De hecho, un ejercicio práctico para poder identificar las distancias entre la edición independiente es revisar la cantidad de ejemplares que imprime una editorial transnacional y establecer que todo lo que está debajo de aquel tiraje es lo que se podría llamar el campo de la edición independiente. Generalmente, las editoriales independientes tienen un tiraje limitado que puede ir de entre 50 a 1500 ejemplares, dependiendo del financiamiento, objetivo del libro y ciclo de difusión de la obra.
Ejemplos catálogos editorial


(Portadas de Overol, Kindberg y Queltehue Ediciones, reflejo de construcción de identidad editorial mediante catálogos representativos de los tipos de géneros que publican)
Es fundamental comprender que las editoriales independientes no están llamadas a competir en una carrera de volumen contra las multinacionales, ni a replicar sus procesos de producción en serie. Como sugieren López Winne y Malumián (2014), su rol es distinto: mientras los grandes grupos suelen responder a lógicas de rentabilidad inmediata y concentración (Schiffrin, 2001), la edición independiente actúa como un espacio de resistencia y bibliodiversidad, donde el valor del catálogo prima sobre la velocidad de la rotación. Por lo tanto, el desafío no radica en imitar modelos ajenos, sino en fortalecer una identidad propia que priorice el vínculo con el lector y la calidad del objeto libro (De Diego, 2019). Esta característica de las editoriales independientes es la que resalta el valor que tienen en el mundo editorial contemporáneo, ya que deben balancear el capital simbólico de la obra junto con el capital económico para asegurar la sostenibilidad del proyecto. Si miramos sus líneas editoriales, encontramos una coherencia interna donde a menudo podemos reconocer el tipo de libro que publica la editorial, la forma en que se ha ido desarrollando su catálogo y de qué manera refuerza su nicho. El resultado de estas acciones logra aumentar la oferta literaria ya que consiguen posicionar títulos que comúnmente son rechazados por las grandes editoriales, ya sea por bajas expectativas económicas u otros criterios, creando cierto pluralismo dentro del repertorio nacional.
Un punto a destacar son las temáticas que publican estas editoriales, las cuales normalmente se agrupan dentro del discurso de «ciudadanía crítica»; es común encontrarse con títulos que abordan temas como: la transición, la memoria, los pueblos originarios, el patrimonio cultural, el modelo económico chileno, el sistema de educación, literatura de mujeres u otros sujetos de la historia, por lo que se puede entender a este tipo editorial como un espacio de resistencia frente a temas que tienden a ser ignorados por los grupos transnacionales y que logran refrescar el panorama literario local, enfrentando la uniformización de la información y los debates públicos. Esta particularidad de las editoriales independientes confirma la importancia que tienen en preservar la bibliodiversidad y el respeto que estas tienen ante el público lector, ya que la gran mayoría concibe sus libros como obras de «calidad literaria» que desafían e invitan al lector a reflexionar sobre las distintas temáticas de sus publicaciones.
Hacia el futuro, la edición independiente enfrenta interrogantes críticas en un escenario de sobreproducción editorial. En un mundo donde la oferta de títulos crece exponencialmente, cabe preguntarse: ¿qué sucede con la inmensa cantidad de libros que se publican, pero que nunca llegan a ser leídos? ¿Cómo puede el editor independiente asegurar la visibilidad de sus obras frente a la saturación de las mesas de novedades? ¿Qué ocurre con libros que reciben mayor exposición, pero no tienen impacto en sus lectores, mientras otras publicaciones que podrían remecer al lector tienen números de venta marginales? ¿Es importante leer cualquier tipo de texto o no basta con solo leer? El mayor reto de los próximos años no será solo producir libros, sino gestionar su permanencia y encontrar espacios de silencio y reflexión en un mercado saturado de novedades y conglomerados económicos.
Referencias
De Diego, J. L. (2019). Los autores no escriben libros: Nuevos aportes a la historia de la edición. Ediciones Ampersand.
Chartier, R. (1999). Cultura escrita, literatura e historia. Fondo de Cultura Económica.
López Winne, H., & Malumián, V. (2014). Independientes, ¿de qué? Hablan los editores de América Latina. Fondo de Cultura Económica.
Núñez Riveros, P. (2014). De una idea a un libro: Consejos para nuevos editores y autores. Ediciones Universidad Finis Terrae.
Schiffrin, A. (2001). La edición sin editores: Las grandes corporaciones y la cultura. LOM.










