
A comienzos del siglo XX, cerca del 60% de la población chilena era analfabeta y, en las zonas rurales, esa cifra alcanzaba el 71%. Más de cien años después, el escenario ha cambiado de manera radical, aunque el problema no ha desaparecido por completo: en Chile todavía existen más de 400 mil personas que no saben leer ni escribir. Sin embargo, el desafío actual es más complejo, porque saber reconocer letras, decodificar palabras o escribir una frase no significa necesariamente comprender lo que se lee.
Es ahí donde aparece un concepto que desde Libros y Bibliotecas hemos venido poniendo sobre la mesa: el analfabetismo funcional. Se trata de personas que han adquirido las competencias básicas de lectura y escritura, pero que presentan dificultades para comprender, interpretar o utilizar adecuadamente la información contenida en un texto. Pueden leer una instrucción, una noticia o un párrafo, pero no necesariamente identificar sus ideas principales, establecer relaciones, evaluar argumentos o trasladar esa información a una situación nueva.
Una reciente investigación del Centro de Investigación Avanzada en Educación, CIAE, de la Universidad de Chile, realizada con estudiantes de segundo a sexto básico de establecimientos públicos, muestra que estas dificultades comienzan tempranamente. Entre los estudiantes de tercero básico, un 45% presentó dificultades simultáneas de decodificación y comprensión lectora, un 30% mostró problemas específicamente de comprensión y otro 10% dificultades de decodificación. Las cifras son especialmente relevantes porque las habilidades desarrolladas durante los primeros años de escolaridad condicionan buena parte de los aprendizajes posteriores.
Para Carmen Sotomayor, investigadora principal del CIAE, uno de los principales obstáculos está en el vocabulario. Los estudiantes que manejan un repertorio reducido de palabras encuentran mayores dificultades para comprender textos, establecer relaciones entre ideas y avanzar hacia lecturas de mayor complejidad. Por eso la lectura temprana resulta tan importante. Escuchar cuentos, noticias, instrucciones y otros tipos de textos contribuye no solo a aprender el código escrito, sino también a desarrollar la comprensión oral, considerada un predictor importante de la comprensión lectora posterior.
PISA y una señal de alerta
Esta discusión adquiere todavía mayor relevancia a la luz de los resultados de PISA 2025. En Chile, una proporción importante de los estudiantes de 15 años se ubica por debajo del nivel mínimo de competencia lectora definido por la OCDE. Esto significa que, aunque muchos de ellos saben leer en términos formales, tienen dificultades para utilizar esa lectura en tareas que requieren comprender, interpretar, relacionar información y evaluar críticamente un texto.
Ese es precisamente el terreno del analfabetismo funcional. El problema no consiste simplemente en que los jóvenes lean poco, sino en que muchas veces leen sin alcanzar una comprensión suficiente de aquello que tienen frente a ellos. Y eso tiene consecuencias que van mucho más allá de la asignatura de lenguaje. Un estudiante que no comprende un texto tendrá dificultades para interpretar correctamente un problema matemático, analizar un experimento científico, entender un proceso histórico o distinguir entre información confiable y una opinión. Por eso la comprensión lectora debe entenderse como una competencia transversal.
PISA 2025 también ha llamado la atención sobre un fenómeno cada vez más frecuente: los llamados lectores apresurados, estudiantes que recorren rápidamente un texto buscando una respuesta inmediata, pero sin procesar suficientemente su contenido. Es una conducta que dialoga con los hábitos digitales actuales: escanear, desplazarse rápidamente por una pantalla, identificar palabras clave y buscar una respuesta antes que construir una comprensión. El riesgo es evidente: podemos estar formando generaciones que tienen acceso permanente a información, pero que encuentran cada vez mayores dificultades para procesarla.
Leer no es solamente decodificar
La alfabetización tradicional permitió durante el siglo XX incorporar a millones de personas al mundo de la lectura y la escritura. Fue una transformación social enorme. Pero el siglo XXI nos exige un paso adicional: no basta con enseñar a leer, también hay que enseñar a comprender lo leído.
Eso supone ampliar vocabulario, desarrollar la capacidad de inferencia, comparar argumentos, reconocer intenciones, distinguir hechos de opiniones y relacionar información proveniente de distintas fuentes. Y estas habilidades no aparecen espontáneamente. Requieren práctica, acompañamiento y una exposición sostenida a distintos tipos de textos.
La Encuesta Nacional de Participación Cultural y Comportamiento Lector 2024 muestra que en Chile se leyeron en promedio 5,5 libros por gusto u ocio durante los últimos doce meses y que el 77,7% de las personas declaró leer diariamente o varias veces por semana. Sin embargo, un 39,6% se considera poco lector y un 21,4% señala que no lee porque simplemente no le gusta.
Sotomayor insiste en un aspecto especialmente relevante: los niños necesitan modelos lectores. Cuando padres, madres y otros adultos leen, conversan sobre libros o incorporan la lectura a la vida cotidiana, transmiten la idea de que leer no es solamente una obligación escolar, sino una actividad útil, entretenida y significativa. Por eso las políticas de fomento lector no pueden limitarse exclusivamente a la escuela. También necesitan bibliotecas, acceso a libros, mediadores de lectura, espacios comunitarios y familias que puedan participar de ese proceso.
Del libro a la pantalla
La transformación digital agrega una nueva dimensión al problema. Leer hoy significa enfrentarse no solo a libros y textos impresos, sino también a redes sociales, noticias digitales, videos, imágenes, gráficos y contenidos que combinan distintos lenguajes.
La investigadora del CIAE Lorena Berríos plantea por eso que debemos hablar de literacidades: diversas formas mediante las cuales las personas se comunican, aprenden y construyen conocimiento.
La alfabetización digital supone saber utilizar tecnologías, pero también comprenderlas y evaluarlas críticamente. Sin embargo, Berríos plantea una advertencia importante: antes de avanzar hacia estas nuevas formas de lectura, los niños necesitan consolidar primero el código alfabético y adquirir fluidez lectora. La tecnología no reemplaza esa base; la amplía.
Chile realizó durante el siglo XX un enorme esfuerzo para reducir el analfabetismo tradicional. El desafío del siglo XXI es diferente: hoy tenemos que enfrentar el analfabetismo funcional, es decir, la situación de personas que pueden leer las palabras, pero tienen dificultades para comprender su significado, relacionar información y transformarla en conocimiento.
En una sociedad donde nunca habíamos tenido tanto acceso a información, esta paradoja resulta especialmente preocupante. Porque el problema ya no es solamente acceder a los textos, sino qué somos capaces de hacer intelectualmente con ellos.
Y ahí probablemente se juega una parte importante del futuro de nuestra educación. Leer no es simplemente pasar los ojos por una página o una pantalla. Leer es comprender. Y cuando esa comprensión falla, la alfabetización queda incompleta.


