Literatura, movilización social y derechos civiles en Estados Unidos
Cada vez que Estados Unidos entra en un ciclo de alta conflictividad social, la pregunta vuelve a instalarse con fuerza: ¿qué lugar ocupan los libros, los manifiestos y la palabra escrita en los procesos de cambio político y social? La historia muestra que no se trata de un rol secundario. Por el contrario, gran parte de las conquistas en materia de derechos civiles, libertades públicas y ampliación democrática en ese país han estado acompañadas —cuando no directamente impulsadas— por textos que agitan, ordenan y dan sentido a la protesta.
Hoy, en un contexto marcado por la política represiva del presidente Donald Trump, por la expansión del poder coercitivo del Estado y por movilizaciones que vuelven a sacudir ciudades como Minneapolis, esa tradición literaria adquiere una renovada vigencia. No solo dentro de Estados Unidos, sino también ante los ojos de un mundo que observa con atención al pueblo estadounidense, consciente de que la presión interna sigue siendo la principal fuerza capaz de corregir los desvíos autoritarios y restituir principios como el multilateralismo y el respeto al derecho internacional.
Clásicos que fundaron una conciencia
En el corazón del movimiento por los derechos civiles se encuentran libros que no fueron escritos para la academia, sino para interpelar moralmente a una sociedad entera. Uno de los más influyentes es The Fire Next Time, de James Baldwin. Publicado en 1963, el libro combina ensayo y memoria personal para advertir que la violencia racial no es un accidente, sino una estructura. Baldwin no ofrece consignas fáciles: ofrece una acusación ética que aún resuena en cada protesta contra la brutalidad policial.
En esa misma tradición se inscribe Why We Can’t Wait, de Martin Luther King Jr.. Escrito tras la campaña de Birmingham, el texto articula la urgencia de la acción directa y desmonta la idea de que los cambios pueden postergarse indefinidamente. Es, en muchos sentidos, un manifiesto contra la paciencia forzada de los oprimidos.
Rebelión, policía y Estado
A partir de los años sesenta, la literatura comenzó a registrar no solo la lucha por derechos civiles, sino también la respuesta violenta del Estado. En ese cruce resulta fundamental America on Fire, de Elizabeth Hinton. El libro propone una relectura radical de las llamadas “revueltas urbanas”, entendidas no como estallidos irracionales, sino como levantamientos políticos frente a la violencia policial sistemática.
Más reciente y deliberadamente provocador es In Defense of Looting, de Vicky Osterweil. Aquí el saqueo es analizado como una táctica histórica de resistencia, una forma extrema —y polémica— de cuestionar la propiedad y el orden cuando el Estado ha perdido legitimidad. No es un libro cómodo, pero sí revelador para entender por qué ciertos momentos de protesta desbordan los márgenes de la protesta pacífica.
Otras movilizaciones, el mismo país
La historia estadounidense de la protesta no se agota en la cuestión racial. El movimiento obrero, las huelgas y la organización sindical han producido también su propio corpus literario. There Is Power in a Union, de Philip Dray, ofrece una panorámica del sindicalismo estadounidense como una sucesión de conflictos con el poder político y empresarial. Complementa bien esta mirada A History of America in Ten Strikes, de Erik Loomis, que narra el país a partir de sus grandes huelgas, mostrando que la protesta es una constante, no una anomalía.
El presente como continuidad histórica
Las movilizaciones actuales, surgidas tras muertes a manos de agentes estatales y en un clima de endurecimiento migratorio y policial, no ocurren en el vacío. Se inscriben en una larga tradición de resistencia civil que ha sido pensada, narrada y transmitida a través de libros. En ese sentido, el presente dialoga también con obras contemporáneas como Between the World and Me, de Ta-Nehisi Coates, donde el cuerpo negro vuelve a ser el campo de disputa central entre ciudadanía y violencia estatal.
El mundo mirando a Estados Unidos
Hoy, mientras la política exterior estadounidense tensiona fronteras, soberanías y equilibrios globales, el mundo observa con atención no solo a la Casa Blanca, sino a la sociedad civil estadounidense. En ella persiste la expectativa de que la movilización interna sea capaz de frenar derivas autoritarias y de reponer el respeto por normas internacionales, el multilateralismo y el Estado de derecho.
En ese escenario, la literatura vuelve a cumplir un papel esencial: recordar que los derechos nunca fueron concedidos graciosamente, que siempre hubo libros, panfletos, cartas y ensayos empujando a la acción colectiva. Leer estos textos hoy no es un ejercicio nostálgico. Es una forma de comprender que, frente a la represión y la expansión del poder sin contrapesos, la palabra sigue siendo una herramienta para organizar la esperanza y transformar la indignación en movimiento social.













