Hablar de descentralización cultural en Chile es, en el fondo, hablar de poder. No solo de recursos, ni de infraestructura, ni de programación. Poder para crear, para definir, para nombrar lo que cuenta como cultura.

Durante décadas, el país ha reproducido un patrón conocido: una fuerte concentración en Santiago, no solo en lo político y económico, sino también en lo simbólico. Ahí se ubican las principales instituciones culturales, los medios de mayor alcance, los circuitos de validación. Desde ahí se decide, muchas veces, qué se ve, qué circula y qué permanece invisible.

Frente a ese escenario, las políticas públicas han intentado avanzar. La creación de institucionalidad cultural con presencia regional, el fortalecimiento de redes territoriales y la implementación de fondos concursables han permitido ampliar el acceso. Hoy hay más actividades culturales en regiones que hace veinte años. Más programación, más circulación, más presencia.

Pero el problema no se agota en el acceso.

Porque descentralizar la cultura no es solo llevar obras desde el centro hacia los territorios. Es, sobre todo, permitir que los territorios produzcan sus propias obras, sus propios relatos, sus propias formas de representación.

Ahí está el nudo.

Chile ha avanzado en democratizar el consumo cultural, pero menos en democratizar su producción. Y eso tiene consecuencias profundas. Cuando la creación sigue dependiendo de circuitos centralizados, las culturas locales quedan subordinadas a criterios externos. Se vuelven visibles en la medida en que son reconocidas desde el centro.

Es un problema de validación, pero también de identidad.

Porque la cultura no es homogénea. No lo es en un país largo y diverso como Chile. Las prácticas culturales del norte, del sur, del mundo rural, de los pueblos originarios, no son variaciones de un mismo modelo. Son expresiones distintas, con sentidos propios, con historias propias.

Descentralizar implica, entonces, reconocer esa diversidad no como excepción, sino como base. Y para eso no basta con redistribuir fondos.

Se requiere transferir capacidades, fortalecer institucionalidad regional, generar espacios de decisión autónoma y, quizás lo más difícil, aceptar que el centro deje de ser el único lugar desde donde se define lo relevante.

Porque en última instancia, la descentralización cultural es una disputa por el sentido.

¿Quién cuenta las historias? ¿Desde dónde se cuentan? ¿Y para quién?

En un país donde la desigualdad ha sido largamente discutida en términos económicos, la desigualdad cultural sigue siendo menos visible, pero no menos determinante.

Corregirla no es solo una tarea administrativa. Es una transformación más profunda. Una que tiene que ver con reconocer que la cultura no se distribuye: se crea, se vive… y se legitima en los territorios.