A cuatro cuadras de mi casa hay un local comercial que está en una esquina, tiene amplios ventanales, incluye una cafetería y alberga alrededor de 46 mil ejemplares de libros, tanto en vitrina como en bodega. En el muro exterior hay una imagen naranja, con un ojo al centro y cinco pestañas marcadas. Es Miralibros, la librería ubicada en la esquina de Claro Solar con Lagos, en el centro de Temuco. Es la librería de mi barrio.

Pero antes de entrar a ese local, volvamos hacia atrás. Galvarino es una comuna situada a 35 kilómetros al norponiente de Temuco. Su nombre honra al guerrero mapuche cuyas manos fueron amputadas por los españoles, a mediados del siglo XVI. En esta localidad nació Milton Sepúlveda, el protagonista de esta historia. Ahí están sus raíces, sus recuerdos y su familia, que tenía algunos vínculos con el mundo del comercio. Cuando tenía dinero, Milton viajaba a Temuco para comprar en las librerías de los años 90: la Universitaria, la Andrés Bello, la Araucaria. “Yo siempre he leído narrativas”, dice. En su momento se obsesionó con el boom latinoamericano y la ciencia ficción y después, ya más grande, con la crónica y la investigación periodística.

Milton estudió derecho un tiempo —”un paso breve”, me dice—, pero después se cambió a periodismo. Trabajó en medios como el diario Austral y en servicios públicos como municipalidades e intendencia. Pero esos cargos tenían “fecha de vencimiento”, amarrados muchas veces a puestos de confianza que podían caducar. ¿Cómo lograr una independencia laboral más allá de ese régimen? Milton se planteó tres requisitos para una próxima aventura: que fuera algo que pudiera hacer por su cuenta, que le gustara y que le diera sustento económico

Pudo ser un café, pero finalmente la siguiente aventura de Milton fue una librería. Pese a su amor por los libros, no se dejó seducir por una idea romántica; lo suyo debía ser un negocio bien pensado, que funcionara. Estudió el modelo de las franquicias “Qué Leo”, que estaban en auge en la década del 2010. Habló con ingenieros comerciales y profesionales de distintas áreas para entender algo fundamental: qué hace que un negocio funcione. En 2017 todo empezó con el primer local de Qué Leo Temuco en Vicuña Mackenna, en el centro de la ciudad.

El negocio funcionaba bien en esa ubicación, pero en 2020 llegó el mazazo. “Viene la pandemia y para nosotros fue súper complejo porque estuvimos cerrados marzo, abril, mayo”, me cuenta. Fue a partir de ese cierre forzado que emergió una limitación crítica: el modelo de franquicia no les permitía tener un sitio web propio. Su librería no podía tener una vitrina digital en un momento crucial, de cuarentenas y restricciones de movimiento. Ese fue uno de los factores que lo llevó a buscar una continuidad en el rubro, pero con una identidad propia, que no dependiera de directrices externas.

En 2021 nació Miralibros, un nombre que marcó la independencia total. Pero esta nueva etapa necesitaba un espacio que estuviera a la altura de su crecimiento. El local de Vicuña Mackenna ya no daba abasto. “Teníamos muchos libros”, dice Milton. “Pero muchos libros guardados, amontonados, no bien exhibidos. Y en un momento comenzó a expresarse la necesidad de que estábamos quedando chicos”. Milton me dice que en el negocio de las librerías el flujo de llegada de novedades editoriales suele ser imparable: todas las semanas arriban cajas con nuevos títulos, pero la devolución no sigue el mismo ritmo, menos en regiones. El balance siempre es de crecimiento. Libros y más libros. Para un adicto a la lectura puede ser el paraíso, pero para un librero puede ser una pesadilla logística

Miralibros se cambió a otro local muy cerca del original, a poco más de una cuadra de distancia. Milton decidió quedarse en el centro de Temuco. Quería un recinto que no solo albergara cómodamente el stock de libros, sino que también ofreciera una experiencia distinta. Y ahí comenzó a reflotar nuevamente la idea del café. “Si nos cambiamos, es con cafetería”, dice que pensó en ese momento. Así, se puso a investigar el mundo de los granos con la misma meticulosidad con la que inicialmente indagó sobre el mercado editorial. El resultado es una cafetería que convive con los libros y aporta un aroma y sabor particular al local.

Es curioso el tema de los olores. Siempre que entro a Miralibros, siento un aroma particular. Milton me contó que los libros, al biodegradarse, liberan un gas avainillado. “Es el olor a libro”, dice. Para potenciar ese perfume decidió aromatizar su librería con una esencia de vainilla que se mezcla con el olor natural de los libros y que también se combina con el aroma del café recién molido. El resultado es una fragancia única, que me cuesta describir, pero que se cuela seductoramente en las fosas nasales y activa los impulsos bebedores y lectores. Si se me permite la referencia literaria, Jean-Baptiste Grenouille estaría orgulloso de esta mezcla olfativa.

Miralibros es una librería generalista. En sus estanterías conviven libros de diseño con manuales de autoayuda. Y con las Meditaciones de Marco Aurelio. Y con la obra completa de Tolkien. Y con una selección de crónica e investigación periodística. Y con clásicos y romantasy. La oferta es amplía. Y es un reflejo, dice Milton, de cómo es él: como lector y como visitante asiduo de librerías en otras partes. “Traté de que la librería pudiese ser como mi librería ideal”, explica. Y el modelo atrae a lectores diversos para libros diversos, “que sí se rocen y comparten”, agrega.

¿Qué libros recientes le han gustado? Milton menciona una relectura de Pájaros en la boca, de Samanta Schweblin. “Hay mucha calidad literaria en su obra”, dice. También menciona El jardinero y la muerte, del búlgaro Gueorgui Gospodínov, y El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de la moldava Tatiana Țîbuleac (mi libro favorito del 2023). Cuenta que le gusta leer sobre escritores y su escritura. Menciona uno de Agustina Bazterrica pero no recuerda el nombre (¿será Literatura o muerte?) y Archipiélago de Mariana Enríquez. Y saca a colación Noches blancas, de Fiódor Dostoyevski. “Tremendo clásico”, declara.

Miralibros vista general
Miralibros vista general

Le pregunto a Milton cuál es su motivación diaria para ir a levantar la cortina de Miralibros. Por lo que me cuenta, en su cabeza convive la disciplina de administrar un negocio con la curiosidad intelectual que implica trabajar rodeado de libros. ¿Cree que su tarea es la de fomentar la lectura, ayudar a gestar nuevos lectores? Su respuesta es, quizás, la declaración de principios de su librería. “Generar el hábito es muy difícil”, dice. “No sé si el objetivo sea generar lectores porque es una cuestión que ya está más allá de nuestra capacidad. Pero sí siento que mi objetivo, por lo menos, es que alguien que venga a mi librería pueda encontrar el libro que está buscando. O que no sabe que busca”.

Hacía tiempo que tenía ganas de escribir algo más tipo crónica, in situ. ¡Y con fotos! Cuando empecé Hipergrafía en marzo de 2020 —parece una eternidad— este era el tipo de textos que quería producir. Espero que te haya gustado. Yo disfruté mi conversación con Milton y aprendí algo más sobre el mundo librero (y cafetero).

Eso es todo, cierre de transmisiones.