Esta semana, a propósito de nada específico, sin que nadie me lo pidiera o mencionara o aludiera, pensé en mis etapas como lector. Esos momentos o años o épocas que tienen algún denominador común o un eje compartido. Este 2026 cumplo 25 años de “lector responsable” y quizás viene bien revisar cuáles han sido esas etapas.
Recuerda que al final de esta columna dejo todos los enlaces de los libros mencionados.
Acá vamos.
2001-2003: la etapa de la rapidez furiosa
Mi adolescencia me llevó a (re)descubrir la lectura. Una etapa del despertar. Los libros pasaron de ser un elemento decorativo a ser “el” objeto de deseo y placer. Estos años estuvieron marcados por el descubrimiento: de autores, de temas, de mi propia capacidad de ser bueno para algo —leer—, de acumular historias en mi cabeza. Leía como un tren sin frenos, intentando sumar y sumar páginas, con voracidad y furioso ímpetu. Por esos años me interesaba exhibir mis logros (”¡leí más de 50 libros en el año!”) antes que entender lo que leía. Parecía un bookstagramer desesperado por alardear de su producción lectora, un acólito de la productividad. Aún recuerdo cuando devoré El amor en los tiempos del cólera durante uno o dos días, sin retener absolutamente nada.
Algunos textos de esta etapa que siempre rondan en mi cabeza:
- El socio, de Jenaro Prieto, uno de mis libros favoritos, con un epígrafe de Oscar Wilde que después se entromete en la trama.
- Desde el jardín, de Jerzy Kosiński, un libro que me voló la cabeza y le dio otro sentido a quienes nos criamos viendo mucha televisión.
- La amortajada, de María Luisa Bombal, quizás el libro que inició este despertar cuando lo leí en mi pieza en la casa de mis abuelos.
- Cuentos de amor de locura y de muerte, de Horacio Quiroga y su brutal relato “El almohadón de plumas”.
2004: la etapa bisagra
Ese año viví en Estados Unidos, antes de entrar a la universidad. Fue una época de poca lectura y mucho trabajo. Atrás quedó el desenfreno lector y di la bienvenida a la calma, la dosificación, la espera. No tuve apuros ni urgencias, no había metas por cumplir ni número de páginas por sumar. Un año de crecimiento y maduración. Gran hito de esta época: leer El señor de los anillos en inglés. Aún conservo esa edición: 1080 páginas para degustar la pluma de Tolkien. Cuando volví a Chile preparé la PSU —la prueba de ingreso a la universidad— leyendo varios novelones, como El general en su laberinto, de García Márquez.
2005-2010: la etapa universitaria
La lectura en mis años como estudiante de periodismo se alimentó de tres fuentes. Primera fuente: las lecturas propias de la carrera que estudiaba. Mucha crónica y periodismo de investigación, mucha teoría, sociología, ética, filosofía, comunicación. Segunda fuente: mi gusto paralelo por la historia. Mucho Carlo Ginzburg, mucho Peter Burke, mucho Robert Darnton, mucho Lynn Hunt, mucho Roger Chartier (qué placer leer sobre la historia del libro). Tercera fuente: lo que caía en mis manos o encontraba por ahí y era mi lectura de ocio. Como mencioné en la edición #85, me obsesioné con algunos autores como Joaquín Edwards Bello.
Libros de esta etapa:
- Chilenos de raza, de Francisco Mouat, con su inolvidable perfil del imitador de Charles Bronson y el chileno que compró la luna.
- Hiroshima, de John Hersey, con uno de los mejores inicios narrativos del periodismo de no ficción del siglo XX.
- Viaje a Hanoi, de Susan Sontag, un texto que leímos en un curso de ética y que siempre se me quedó en la cabeza.
2011-2013: la etapa de la conversación
Esta etapa estuvo marcada por dos hitos. El primero: empecé a grabar el podcast de Ojo en Tinta (sí, en 2011, cuando nadie tenía un podcast), donde entrevistábamos escritores en sus casas o en cafés, con un estilo distendido, sin muchas formalidades. El segundo hito: empecé a estudiar un Magíster en Literatura Latinoamericana que nunca terminé. Leí mucha literatura chilena, algo de literatura del caribe, varias toneladas de teoría literaria y una buena dosis de literatura del cono sur (Chile, Argentina, Uruguay).
¿Qué libros rescato de estos años?
- Ramal, de Cinthia Rimsky, a quien entrevistamos en su casa mientras nos hablaba de su escritura y su vida pasada como barwoman.
- Cosecha de huesos, de Edwidge Danticat, un librazo librazo librazo, trepidante y atrapante, sobre la masacre de haitianos de 1937 en República Dominicana.
- Plano americano, de Leila Guerriero, el libro en el que iba a centrar mi tesis y que leí y releí con obsesión. Algún día compartiré parte de mis observaciones.
2014-2019: la etapa de la anomia
Después de que murió mi abuelo a mediados de 2013, entré en un bloqueo lector. Quizás la palabra bloqueo no es la más precisa: seguí leyendo, pero con menos interés, menos ímpetu, menos placer, menos frecuencia. De pronto, algo me enganchaba, pero luego caía en una anomia lectora. Hubo meses en los que no tomaba un libro. Probablemente viví un largo duelo mal procesado, pero también culpo de esto a la tecnología: al teléfono y al tablet, al estar siempre conectado. YouTube y Twitter se convirtieron en mis sedantes. Pasaba horas acostado viendo videos y haciendo scroll infinito. Sabía que podía estar leyendo, pero los shots de dopamina de las redes sociales me convirtieron en un autómata. Necesitaba salir de ahí.
Me cuesta destacar muchos libros de esta época, porque leí poco y porque quizás nada me entusiasmó mucho. Pero algo quedó:
- Canciones punk para señoritas autodestructivas, de Daniel Hidalgo, me sacó algunas sonrisas con sus diálogos punzantes, filosos.
- Guerra Mundial Z, de Max Brooks, un título ineludible en mi categoría personal de libros sobre el fin del mundo.
- Chilean Electric, de Nona Fernández, un libro mínimo, ecléctico, con fotos y mapas, muy en la onda de Cinthia Rimsky.
- Mal del altura de Jon Krakauer, un librazo de periodismo narrativo que siempre recomiendo. Lo tiene todo: aventura, codicia, solidaridad, muerte.
2020-2025: la etapa renacentista
Es curioso: fue la pandemia el hito que me devolvió un gusto saludable por leer y que se mantiene hasta hoy. ¿Por qué? ¿Fue un refugio frente al miedo, lo imprevisto? Estábamos encerrados, leer era un escape. Mi músculo lector se fortaleció en estos años, pero ya despojado de los lastres y manías del pasado. Ya no me interesa leer como demente. He ido definiendo temas que sí o sí quiero leer, porque me gustan, me entretienen, me abren la cabeza, me interpelan: novela policial, libros sobre el fin del mundo, ficción escrita por mujeres. Me sumé a un club de lectura en Temuco, precisamente para desafiar mi plan de lectura, para llegar a nuevas obras, para socializar lo que leo y conversar.
Esta etapa coincide con la creación de esta newsletter, Hipergrafía, que me ha permitido documentar, desde marzo de 2020, mi experiencia lectora, con honestidad y sin altanería ni alardes de grandeza.
Algunos títulos de esta etapa que me han volado la cabeza:
- Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievich, quizás la mejor crónica de horror de los últimos 50 años.
- Chicas en tiempos suspendidos, de Tamara Kamenszain, un libro de poesía improbable para mi tradición lectora y que, sin embargo, me marcó mucho.
- A lo lejos, de Hernán Díaz, una historia perfecta para quienes alguna vez se perdieron —espacial o metafóricamente— y de pronto se encontraron a sí mismos.
- Un verdor terrible, de Benjamín Labatut. Si hay ciencia y hay locura, de esa que parece arrastrarte al abismo cósmico de un agujero negro, me interesa.
- Flores de verano, de Tamiki Hara, un libro escrito por un hibakusha, un sobreviviente de la bomba.
Siento que podría seguir y seguir. Estos últimos años he leído maravillas, guiado por mi olfato entrenado durante 25 años pero también gracias a las recomendaciones de personas que son mejores lectores que yo y a las que siempre escucho con atención y mente abierta. Nunca sabes cómo te pueden sorprender sus sugerencias.
Eso es todo, cierre de transmisiones.
Si quieres apoyar este boletín, puedes regalarme un café en PayPal, Ko-Fi o en Reveniu (para Chile).
Me voy a leer

Enlaces a libros
En esta sección encontrarás enlaces afiliados a los libros que mencioné arriba. Esto significa que si compras alguno de los libros recomendados a través de Buscalibre, recibiré una pequeña comisión que no afecta el precio final para ti. Es una forma sencilla de apoyar a Hipergrafía y contribuir a que siga creciendo. ¡Gracias por tu confianza y por leerme!
- El socio, de Jenaro Prieto.
- Desde el jardín, de Jerzy Kosiński.
- La amortajada, de María Luisa Bombal.
- Cuentos de amor de locura y de muerte, de Horacio Quiroga.
- Chilenos de raza, de Francisco Mouat (sin stock por ahora).
- Hiroshima, de John Hersey.
- Ramal, de Cinthia Rimsky.
- Plano americano, de Leila Guerriero.
- Canciones punk para señoritas autodestructivas, de Daniel Hidalgo..
- Guerra Mundial Z, de Max Brooks.
- Chilean Electric, de Nona Fernández.
- Mal del altura, de Jon Krakauer.
- Voces de Chernóbil, de Svetlana Alexievic.
- Chicas en tiempos suspendidos, de Tamara Kamenszain.
- A lo lejos, de Hernán Díaz.
- Un verdor terrible, de Benjamín Labatut.
- Flores de verano, de Tamiki Hara.














