“La educación es una de las herramientas más poderosas que tenemos para dar forma al mundo en el que queremos vivir”.

Con esa convicción, el educador indio Deepak Ramola llegó a Chile para participar en una nueva edición de Congreso Futuro y sumarse a las actividades de la Universidad de Chile, en el marco de su Escuela de Temporada 2026. Su visita no solo dejó ideas, sino también preguntas urgentes sobre el sentido profundo de educar en un mundo atravesado por la tecnología, la inteligencia artificial y la desconexión humana.

Académico vinculado a la Stanford University, la Harvard University y el Massachusetts Institute of Technology, Ramola se presenta a sí mismo como un “historiador de la sabiduría”. Desde muy joven —a los 14 años— comenzó a recopilar historias de vida, convencido de que cada persona es portadora de un conocimiento único, construido a partir de su experiencia. Esa intuición marcaría su trayectoria académica y su particular mirada sobre la educación.

La vida como aula

Criado en un pequeño pueblo de la India, a los pies del Himalaya, Ramola observó tempranamente que muchas personas, aun sin escolarización formal, poseían una sabiduría profunda. Su propia madre, que no asistió a la escuela, fue una de sus principales inspiraciones. “La vida es el salón de clases”, sostiene, una idea que se convirtió en el motor del Project FUEL (Forward the Understanding of Every Life Lesson), iniciativa educativa internacional que fundó hace más de trece años.

El proyecto se basa en una metodología sencilla y potente: Cosechar, Jugar, Presentar. Recolectar historias de vida de distintos lugares del mundo, transformarlas en actividades pedagógicas y compartirlas para generar aprendizajes significativos. Ramola describe este proceso como un verdadero “gimnasio para la sabiduría”, un espacio donde la mente se entrena no solo para adquirir conocimientos, sino para comprender la experiencia humana.

Educación, tecnología y lo humano

Durante su paso por Chile, Ramola fue enfático al señalar uno de los principales problemas de la educación contemporánea: su reducción a la memorización, la evaluación mecánica y la obsesión por las notas. “No enseñamos cómo enfrentar el duelo, la pérdida o la alegría; enseñamos a rendir pruebas”, advierte. En ese marco, la irrupción de la inteligencia artificial abre oportunidades, pero también riesgos.

Para el académico, la IA puede ser una herramienta poderosa para democratizar el acceso al conocimiento. Sin embargo, la pregunta clave no es qué hará la tecnología, sino qué tipo de seres humanos queremos ser frente a ella. “La IA nos puede dar tiempo —dice—, pero ese tiempo debe usarse para cultivar valores, relaciones y sentido”. En un mundo marcado por conflictos e inestabilidad geopolítica, la educación debe volver a preguntarse qué cultura y qué humanidad desea preservar.

El valor de lo presencial y la comunidad

El pasado 14 de enero, Ramola participó en una actividad con docentes en el Centro Cultural de Puente Alto, organizada por la Vicerrectoría de Extensión y Comunicaciones de la Universidad de Chile, con apoyo de Congreso Futuro. Lejos de una conferencia tradicional, propuso un taller participativo que borró las distancias entre academia y comunidad. “No di una charla, los convertí a todos en estudiantes”, relató.

Ese gesto resume una de sus principales convicciones: el conocimiento no pertenece a una élite. La alta asistencia y participación en instancias presenciales, sostiene, responden a una necesidad profunda de conexión humana en tiempos de hiperconectividad digital. “Seguimos siendo seres relacionales. Mirarnos a los ojos y compartir un espacio sigue siendo insustituible”.

Mirar el futuro desde la sabiduría

Para Ramola, el futuro de la educación estará cada vez más marcado por preguntas existenciales: el sentido de la vida, la calidad de nuestras relaciones, el autoconocimiento. En ese escenario, la tarea educativa no será solo formar mejores profesionales, sino mejores personas, ricas en perspectivas y capaces de reconocer sus propios dones y los de los demás.

Su mensaje final es claro y desafiante: los estudiantes no son recipientes vacíos. Niños, jóvenes y adultos ya poseen sabiduría, y educar consiste en dialogar con ella. En tiempos de inteligencia artificial, quizás la tarea más urgente de la educación sea, paradójicamente, volver a poner en el centro lo más humano.