A manera de despedida para don Eduardo Castro Le-Fort (1924-2022)

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En diciembre de 1990, en mis últimos días de tercero básico en una escuelita fiscal en Renca, me sentía muy triste. Las circunstancias de dicha tristeza me son, por desgracia, esquivas, pero no la forma que el consuelo adquirió para apaciguarla: un ejemplar de “Papelucho Historiador”, de la Premio Nacional de Literatura Marcela Paz, que me fue regalado por una de mis profesoras.

La anécdota en sí no tendría ninguna importancia salvo por algunos detalles que se encadenan, si la audacia narrativa me lo permite, como una suerte de destino borgeano.

El primero es que ese libro fue el primero de mi biblioteca personal; el segundo, que dicho ejemplar fue editado por Editorial Universitaria, la (me atrevo a decir) obra cumbre del recientemente fallecido Eduardo Castro Le-Fort. El tercero, que aunque entonces no lo sospechaba yo mismo oficiaría, largos años después y en curiosa coincidencia con el nombrado, como editor amateur en un colectivo literario que pronto mutó en editorial y luego, en silencio. El cuarto, quizás el más extraño y feliz de los eslabones en esta cadena, es que uno de los nietos de don Eduardo tendría a bien compartirme, en calidad de desconocidos y por pura generosidad, algunas palabras y hechos notables de su glorioso abuelo. Puedo pensar entonces por pura comodidad narrativa, aunque también por legítima emoción, que estaba destinado a escribir estas líneas.

Omitiré mi nombre por esta ocasión, aunque estas palabras tuvieron su debida venia, por dos razones: la primera, para no mover el dolor de sus deudos hacia mi persona; la segunda, para no arrogarme derechos que no me corresponden porque a don Eduardo jamás lo conocí.

Hecho el punto, creo tan conveniente como necesario honrar la memoria de un hombre que, sin saberlo, consoló la tristeza de un niño tímido con las aventuras que, junto a la pluma hábil de doña Marcela, editó para alegría de él y de muchos; que sin saberlo sería inspiración tanto para cultivar su curiosidad lectora como para embarcarse en sus futuras aventuras editoriales, y que con su trabajo salvaría, junto a cientos de escritores, la imaginación y los días de niños que, como yo, descubrieron en la obra de su editorial sus primeras ficciones en días donde la realidad era todavía muy dura y gris.

Hay tierra en los libros de mi biblioteca, así como en mis recuerdos. La muerte de don Eduardo me obliga a sacudir a ambos de su polvo. Sin dudas, su partida es una tragedia para su familia, pero sepan a través de estas líneas que, aunque no sirva para confortarles, el dolor no es solo suyo porque vuestro padre y abuelo es uno de mis héroes. No es habitual que esta gente extraordinaria conozca a quienes salvan, como a mí, de un momento aciago, pero al menos sepan que desde la distancia estaremos siempre agradecidos.

Los buenos mueren, dicen por ahí, pero no su memoria ni su obra. Que la Tierra le sea leve.

Anónimo

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