Hay días en que crees que todo es una mierda hasta que abres Instagram y te aparece la convocatoria para sumarte a un club de literatura de viajes y completas el formulario de inscripción y parece que conseguiste un cupo y la mierda desaparece. O ya no huele tan mal. Eso fue lo que me pasó el 2025 cuando me sumé por primera vez en mi vida a un club de lectura, cortesía de la espléndida librería Ofqui en Temuco.
No llevo ni 100 palabras y ya estoy mintiendo. Cuando tenía 17 años y creía que iba a devorar todo lo que se había escrito en el mundo (¡iluso!) me inscribí en un club de lectura en la municipalidad de Providencia. Pero ese club no era un club de lectura. Nunca leímos nada. Era una serie de encuentros para hablar de grandes novelas del siglo XX; eso sí me sirvió para amoblar la cabeza con algunas referencias. Pero el único que hablaba era el moderador de los encuentros, un tal Fernando Emmerich, personaje que después —muchos años después— supe que le escribía los discursos a Pinochet.
Qué club extraño era ese. Todo sucedía en una mesa larga, ceremonial y solemne. Los participantes eran en su mayoría jubilados o me triplicaban la edad. Se hablaba sobre Hemingway, Conrad, Lowry. Yo tomaba notas escueta: “Leer El hablador de Vargas Llosa”. Todo era rígido, las intervenciones eran ásperas. Una disputa de egos. Creo que nunca abrí la boca en esos encuentros. ¿Qué podría decir? Era un adolescente espinilludo e ignorante, que recién iniciaba su camino lector, convencido de que la cantidad de libros —cuántas páginas sumaba cada día— era lo relevante. Qué equivocado estaba.
Veintitantos años después, cuando llegué al club de literatura de viajes de Ofqui, solo pasaron unos minutos para darme cuenta de que acá sí había material, sustancia, condimento, literatura. Había una propuesta por poner en común la lectura y lo que nos pasa cuando leemos. Había un ambiente propenso a escuchar a otros. Pensé: “Este sí es un club de lectura”.
En un club de lectura como el de Ofqui hay una fauna lectora diversa. Hay personas que leen hace mucho tiempo, de forma voraz; otros adquirieron recientemente el gusto por la lectura. Hay personas que escriben y publican. Hay personas que participan de más de un club de lectura. Hay profesionales, jubilados, cantantes, ilustradoras, psicólogas. Hay libreros, poetas, profesores de historia. Hay veinteañeros, treintañeros, cuarentones (¡presente!) y personas mayores que acumulan tantas lecturas en el cuerpo que la literatura les brota por los poros. Un cruce generacional que solo los libros nos pueden dar.
¿Por qué me sumé al club? Lo preguntaron en la primera sesión. Mi respuesta fue que era una oportunidad para salirme de mi plan de lectura que, si bien nunca es tan definido (miento: siempre es improvisado), sí suele moverse por terrenos conocidos: libros sobre el fin del mundo (LSEFDM, mi categoría personal), novela policial, nueva narrativa latinoamericana, algunos ensayos. En el club íbamos a leer libros sobre viajes, una categoría que no me es ajena, pero de la cual yo solo había rascado la superficie.
Ya, lo confieso: también me sumé porque quería vida social.
Los libros que leímos en el club, en el orden en que fuimos enfrentándonos a estos títulos: Benito Cereno, de Herman Melville (mayo); País de nieve, de Yasunari Kawabata (junio); En el camino, de Jack Kerouac (agosto y septiembre); Reina del Tamarugal, de Malu Furche (octubre); Poste restante, de Cynthia Rimsky (noviembre); y Al sur del verano, de Sergio Spoerer (diciembre). Una selección variada, que se armó a lo largo del año y que nos permitió oscilar por distintas latitudes, contextos y realidades.
Un club de lectura te obliga a leer cosas que, quizás, probablemente, quién sabe, nunca habrías optado por leer en tu vida. Y eso es algo bueno.
Este fue un club intenso. Nos juntábamos todos los martes del 2025, con poquísimas excepciones. Con las semanas cada encuentro trascendió los confines de la literatura. De forma gradual pasamos de conocidos a amigos. A ratos las conversaciones adquirieron más un tono de terapia que de discusión literaria. Paulatinamente, lo familiar y lo privado —e incluso lo íntimo— comenzó a emerger en medio del diálogo. La narrativa nos abrió una puerta para entendernos mejor, para sentirnos cómplices, para reírnos más.
Alba Donati lo expresa mejor en su hospitalario diario La librería en la colina: “Leer es una medicina fantástica, mágica, que me devolvió los sentidos. Puedo ver, oír, tocar y probar sin miedo a desvanecerme en la nada”.
Un club de lectura es más que un club de lectura. Es un espacio y tiempo desacoplado de la rutina. Vivimos vidas aceleradas, veloces, que no se detienen. Reunirse un día a la semana, durante dos horas, a hablar colectivamente sobre algo que leímos individualmente, significa frenar esa urgencia cotidiana. Ted Gioia diría que un club de lectura es la contracultura de nuestros tiempos: una instancia que se enfrenta a quienes se esmeran por algoritmizar nuestras vidas. No puedo estar más de acuerdo.
Un club de lectura es una insuperable forma analógica de cultivar y disfrutar una vida desenchufada, sosegada, comedida.
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- El hablador, de Mario Vargas Llosa.
- La librería en la colina, de Alba Donati.
- Benito Cereno, de Herman Melville.
- Al sur del verano, de Sergio Spoerer.
- País de nieve, de Yasunari Kawabata.
- Reina del Tamarugal, de Malu Furche.
- Poste restante, de Cynthia Rimsky (usado).
- En el camino, de Jack Kerouac.
















