La muerte de Renée Nicole Macklin Good, poeta y escritora asesinada en Minneapolis durante un operativo del Servicio de Inmigración de Estados Unidos, ocurrió en un momento en que el mundo parece reordenarse con una crudeza que recuerda otros ciclos de la historia. Grandes potencias redefinen esferas de influencia, los Estados vuelven a hablar el lenguaje de la fuerza y las decisiones estratégicas se anuncian como si fueran inevitables. En ese escenario, la pregunta surge casi de manera automática: ¿importan las vidas mínimas cuando el tablero global se mueve?
La primera respuesta suele ser negativa. La historia —se nos dice— la escriben los gobiernos, los ejércitos, los mercados. Lo que ocurre en la esfera personal, íntima, cotidiana, apenas roza la superficie de esos procesos. Una vida anónima no altera tratados, no detiene guerras, no corrige flujos financieros. Y, sin embargo, hay momentos en que esa certeza comienza a resquebrajarse.
Renée Good no era una figura pública ni una dirigente política. Era madre, estudiante de literatura, poeta. Había construido su relación con la palabra desde la fragilidad: la maternidad, el miedo, el cuidado, la vida cotidiana en un país que prometía seguridad y derechos. Su obra —discreta, contenida, sin estridencias— no buscaba intervenir en el debate geopolítico ni en la discusión sobre migración. Y, sin embargo, su muerte se ha convertido en un punto de inflexión simbólico.
En pocos días, su nombre ha convocado vigilias, lecturas públicas de poesía, movilizaciones ciudadanas y una discusión incómoda sobre el uso de la fuerza estatal en un contexto de endurecimiento global. Su historia personal ha irrumpido en el espacio público como un recordatorio de que los grandes relatos del poder siempre se encarnan en cuerpos concretos. No en abstracciones.
Este hecho ocurre, además, en un momento en que Estados Unidos redefine su lugar en el mundo y en América Latina, reactivando lenguajes de dominación, seguridad y control. En ese marco, la muerte de una poeta durante un operativo migratorio no es solo un “exceso” o un “error”. Es un síntoma. Un punto donde la lógica de los grandes procesos toca la vida cotidiana y revela su costo humano.
Desde nuestro mundo , resulta inevitable leer este episodio desde una perspectiva cultural. La literatura —y la poesía en particular— ha sido históricamente el espacio donde las vidas mínimas adquieren densidad histórica. No porque cambien por sí solas el rumbo del mundo, sino porque lo interpelan. Porque obligan a detenerse, a nombrar lo que el poder preferiría mantener invisible.
La pregunta inicial, entonces, merece una segunda respuesta. Tal vez las vidas mínimas no deciden los grandes procesos, pero sí pueden desestabilizar sus relatos, erosionar su legitimidad, convocar a otros cuerpos y otras voces. La historia no cambia de golpe por una muerte injusta, pero tampoco sigue igual después de ella.
Renée Nicole Good no alcanzó a publicar un libro. Su obra vive en poemas sueltos, en cuadernos, en archivos digitales y en la memoria de quienes la leyeron. Hoy, esa obra se lee a la luz de un mundo que se endurece, y su figura nos recuerda que la cultura —los libros, la poesía, la palabra— sigue siendo uno de los pocos espacios donde las vidas mínimas importan sin pedir permiso.
Quizás ahí radica su potencia: en recordarnos que ningún reordenamiento del orden mundial está completo si no se pregunta, al menos una vez, a quién deja fuera.













