Cada vez que conocemos los resultados de la prueba PISA aparece la tentación de convertirlos en una especie de campeonato internacional: quién subió, quién bajó y qué lugar ocupa Chile. Pero la verdadera utilidad de esta medición de la OCDE es otra. Nos permite observar cómo están evolucionando determinadas capacidades fundamentales de nuestros jóvenes y, sobre todo, compararnos con países que han asumido estándares de desarrollo similares a aquellos que Chile se comprometió a alcanzar cuando ingresó a esta organización.
Y los resultados de PISA 2025 no son buenos.
Chile obtiene 403 puntos en matemáticas y 436 en lectura. En ciencias se mantiene prácticamente estable respecto de 2022. En las tres áreas permanece por debajo del promedio de los países de la OCDE. En matemáticas, por ejemplo, el promedio OCDE alcanza los 463 puntos, es decir, 60 puntos por encima de Chile. En lectura llega a 461 puntos, 25 puntos más que nuestro país.
Sin embargo, mirar solamente la distancia con la OCDE tampoco permite comprender completamente el problema. Hay que observar nuestra propia trayectoria.
En matemáticas, Chile obtuvo 423 puntos en 2015, 417 en 2018 y 412 en 2022. Ahora cae a 403. Es decir, hemos perdido 20 puntos en una década y nueve solamente desde la última medición. La OCDE señala además que el resultado actual es significativamente inferior a los registrados en 2015 y 2018.
La trayectoria de lectura resulta igualmente preocupante. Chile alcanzó 459 puntos en 2015, bajó a 452 en 2018, volvió a caer a 448 en 2022 y ahora llega a 436 puntos. Son 23 puntos menos que hace diez años y 12 menos que en la medición inmediatamente anterior.
Ciencias presenta una situación diferente. Obtuvimos 447 puntos en 2015, 444 en 2018 y nuevamente 444 en 2022. En 2025 el resultado prácticamente no cambia. La propia OCDE considera que la trayectoria chilena en ciencias se ha mantenido estadísticamente estable durante la última década.
Podríamos consolarnos señalando que Chile no está solo en este retroceso. Y sería cierto.
PISA 2025 registra los resultados promedio más bajos observados hasta ahora en la OCDE en las tres áreas principales. Entre 2022 y 2025, el promedio de los países miembros cayó alrededor de 14 puntos en lectura y nueve en matemáticas, mientras ciencias permaneció relativamente estable. En otras palabras, la disminución chilena de 12 puntos en lectura es incluso algo menor que la caída promedio de la OCDE, mientras que los nueve puntos perdidos en matemáticas coinciden prácticamente con ella.
Pero aquí aparece la diferencia fundamental.
Chile está cayendo desde un piso bastante más bajo.
Por eso el problema se observa con mayor claridad cuando dejamos de mirar solamente los puntajes y preguntamos qué son capaces de hacer nuestros estudiantes.
En lectura, apenas 62% de los jóvenes chilenos alcanza el Nivel 2, considerado por PISA como el umbral mínimo de competencia. En el promedio de la OCDE lo consigue el 69%. Esto significa, dicho de otra manera, que 38 de cada 100 estudiantes chilenos de 15 años no alcanzan siquiera ese nivel básico de comprensión lectora.
Y también aquí nuestra propia trayectoria entrega una señal de alerta. En PISA 2022, el 66% de los estudiantes chilenos alcanzaba ese nivel mínimo; ahora lo consigue el 62%. Más importante todavía: la OCDE calcula que desde 2015 la proporción de estudiantes chilenos bajo el Nivel 2 en lectura aumentó diez puntos porcentuales.
En el extremo superior ocurre algo igualmente revelador: solamente 2% de los estudiantes chilenos alcanza los niveles 5 o 6 en lectura, aquellos que permiten comprender textos extensos, trabajar con conceptos abstractos o contraintuitivos y distinguir hechos de opiniones a partir de información que no siempre aparece explícitamente. El promedio OCDE es tres veces superior: 6%.
La matemática muestra una dificultad todavía mayor
Si la lectura preocupa, matemáticas debiera encender una alarma aún más fuerte.
Solamente 41% de los estudiantes chilenos alcanza el nivel mínimo de competencia matemática, frente al 65% de la OCDE. Eso significa que 59 de cada 100 jóvenes chilenos de 15 años se encuentran bajo el estándar básico definido por PISA. En 2022 alcanzaba ese mínimo el 44%, de modo que también aquí hemos retrocedido.
En los niveles superiores la situación es todavía más extrema: prácticamente no existen estudiantes chilenos en los niveles 5 y 6 de matemáticas, mientras en el promedio de la OCDE llegan al 8%. Y nuevamente la perspectiva temporal importa: desde 2015 aumentó en diez puntos porcentuales la proporción de estudiantes chilenos que se encuentra bajo el nivel mínimo.
En ciencias, donde nuestros resultados han sido más estables, la distancia también permanece. El 63% de los estudiantes chilenos alcanza el nivel básico, contra un 74% en la OCDE. Apenas un 1% llega a los niveles superiores, frente al 7% promedio de la organización.
No estamos hablando, entonces, solamente de puntos.
Estamos hablando de capacidades.
Chile mejora la comparación regional, pero eso no basta
Existe otra perspectiva que también es necesaria. Chile ha tendido a ubicarse entre los países latinoamericanos con mejores resultados PISA. En la medición anterior, por ejemplo, lideraba a los países de América Latina y el Caribe considerados por la OCDE tanto en lectura como en ciencias. Eso permite reconocer avances históricos importantes de nuestro sistema educativo.
Pero nuestra referencia no puede limitarse a América Latina.
Chile pertenece a la OCDE y aspira a niveles de desarrollo comparables con los países que integran esa organización. Desde esa perspectiva, la distancia continúa siendo importante y, más preocupante todavía, no estamos convergiendo con esos estándares.
Hay incluso un dato que permite matizar la imagen y que vale la pena destacar. En ciencias, la diferencia entre los estudiantes chilenos pertenecientes al 25% socioeconómicamente más favorecido y aquellos del 25% más desfavorecido es de 76 puntos, mientras en la OCDE alcanza 85. Además, esa brecha chilena se redujo entre 2015 y 2025 porque mejoró el desempeño de los estudiantes desfavorecidos mientras el de los más aventajados permaneció estable.
Es una buena noticia. Y demuestra también que PISA no debiera utilizarse para construir una caricatura catastrofista de nuestra educación.
Pero tampoco podemos ignorar la tendencia principal.
La lectura vuelve a aparecer en el centro
Aquí estos resultados se encuentran con algo que hemos sostenido reiteradamente desde Libros y Bibliotecas.
La lectura no es solamente una competencia que debamos medir dentro de la asignatura de lenguaje. Es una herramienta transversal para aprender.
Un estudiante que tiene dificultades para comprender un texto probablemente también las tendrá para interpretar correctamente el enunciado de un problema matemático, analizar información científica, comprender un proceso histórico o distinguir entre evidencias y opiniones.
Y precisamente PISA 2025 advierte sobre un fenómeno internacional particularmente inquietante: entre 2018 y 2025 casi se duplicó la proporción de los llamados “lectores apresurados”, jóvenes que recorren rápidamente un texto buscando responder, pero que terminan entregando respuestas incorrectas. La OCDE relaciona este fenómeno con capacidades que resultan paradójicamente todavía más importantes en tiempos de inteligencia artificial: evaluar información, relacionar distintas fuentes y pensar críticamente sobre aquello que leemos.
Por eso sería un error responder a estos resultados simplemente agregando más horas de lenguaje o preparando mejor a los estudiantes para rendir PISA. El desafío es bastante mayor.
Tenemos que volver a entender la lectura como una responsabilidad del conjunto del sistema educativo. Se lee en lenguaje, pero también se lee para aprender matemáticas, ciencias, historia, filosofía, arte o tecnología. Cada profesor, desde su disciplina, trabaja también con comprensión, interpretación, conceptos y argumentos.
Quizás la principal advertencia que nos deja PISA 2025 sea precisamente esa.
Chile consiguió durante años avanzar lentamente en algunas de estas capacidades. En lectura pasamos de 410 puntos en 2000 a 459 en 2015. Aquello demostraba que mejorar era posible. Pero desde ese máximo hemos descendido sucesivamente: 452, 448 y ahora 436. En matemáticas, los 423 puntos alcanzados en 2012 y 2015 también han quedado atrás: 417, 412 y finalmente 403.
No estamos ante una caída repentina provocada por una sola circunstancia. Estamos observando una trayectoria.Y ese quizás sea el dato que más debiera preocuparnos.
Porque cuando una medición internacional nos muestra que nuestros estudiantes están retrocediendo respecto de nosotros mismos, mientras seguimos manteniendo una distancia considerable con los estándares de los países con los cuales decidimos compararnos, la pregunta ya no es qué lugar ocupamos en el ranking.
La pregunta es mucho más importante:
¿qué debemos cambiar para que nuestros jóvenes vuelvan a aprender más y mejor? Ese es el debate que PISA debiera abrir en Chile.












