
La directora de Prodemu revisó una nota de Wikipedia y decidió que Simone de Beauvoir debía ser excluida de las autoras que la institución destacaría. Prodemu aclaró posteriormente que sus libros permanecerían disponibles en la Biblioteca de las Mujeres y que la instrucción afectaba a un video para redes sociales. La precisión importa, pero deja intacto el problema de fondo: una autoridad consideró que su juicio personal sobre una escritora bastaba para apartarla de una iniciativa de difusión de la lectura.
El asunto que debemos discutir es el derecho de los lectores y las lectoras a conocer una obra y formarse una opinión propia. La directora se atribuyó la facultad de resolver por ellos, como si quienes reciben una recomendación bibliográfica carecieran de madurez para leer, interpretar y juzgar. En esa decisión hay un menosprecio por la capacidad de las personas y una confusión profunda sobre el papel de una institución que debería ampliar sus oportunidades de acceso al conocimiento.
La trascendencia de Simone de Beauvoir para el feminismo del siglo XX es indiscutible. Su reflexión sobre la condición de las mujeres, particularmente en El segundo sexo, constituye uno de los fundamentos intelectuales desde los cuales se ha discutido la desigualdad, la autonomía y la construcción social de los papeles asignados a mujeres y hombres. Su obra forma parte de una conversación que transformó la manera de comprender el mundo y que sigue alimentando debates.
Conocerla permite comprender de dónde vienen muchas de las preguntas que el feminismo formula hoy. Cada lectora podrá coincidir con sus planteamientos, discutirlos, encontrar sus límites o cuestionarlos desde su propia experiencia. Para hacer cualquiera de esas cosas necesita encontrarse con sus textos. El fomento lector tiene sentido precisamente porque facilita ese encuentro y reconoce a las personas la capacidad de pensar por sí mismas.
Por eso resulta tan lamentable esta instrucción en un organismo que trabaja con mujeres. Revela una incomprensión de las raíces intelectuales del feminismo y de la responsabilidad que supone promover la lectura. Una consulta en Wikipedia se convierte en fundamento suficiente para dictar una exclusión, mientras la relevancia de la obra queda subordinada al parecer de quien ocupa la dirección.
Hay también una actitud de superioridad moral. ¿Con arreglo a qué criterio se decide que una trayectoria personal vuelve inconveniente recomendar una obra? ¿Quién definió ese criterio y por qué las lectoras tendrían que someterse a él? Cuando una autoridad transforma sus convicciones particulares en una instrucción institucional, se coloca por encima de las personas a quienes debería servir. Levanta un pedestal sobre su propia ignorancia (reflejada en la consulta a wikipedia) y, desde allí, decide qué merece ser destacado.
Que los libros sigan en los estantes no vuelve irrelevante la medida. La difusión es parte del trabajo de una biblioteca: acerca obras, despierta curiosidad y abre posibilidades de lectura. Excluir a una autora mediante un veto moral interviene en esa tarea y restringe una oportunidad de encuentro. El gesto de censura está en esa pretensión de tutelar la lectura, de anticiparse al juicio ajeno y sustituirlo por el propio.
Promover la autonomía de las mujeres exige confiar también en su autonomía intelectual. Esa confianza se vuelve difícil de sostener cuando una institución decide «protegerlas» de una recomendación bibliográfica. Las lectoras no necesitan que una directora les administre el juicio; necesitan acceso, información y espacios para conversar, disentir y construir sus propias posiciones.
Probablemente esta instrucción terminará siendo una anécdota. La obra de Simone de Beauvoir tiene una envergadura que un arrebato administrativo difícilmente puede afectar. Su lugar en la historia del pensamiento no depende de un correo de Prodemu. Lo que queda expuesto es el criterio de quien lo envió y su manera de entender a las mujeres con las que trabaja.
Simone de Beauvoir seguirá siendo leída. La directora habrá perdido una oportunidad de hacer lo que correspondía a su cargo: facilitar que más personas la lean y dejar que piensen por sí mismas.


