El Informe PISA 2026 que genera la OCDE arroja cifras que genera preocupación a nivel global. Lo que realmente importa no es el número, sino qué nos está diciendo ese número acerca de cómo están aprendiendo nuestros niños y jóvenes. Y el mensaje de este año es claro y merece atención.

La comprensión lectora se está debilitando. No es solo que los estudiantes lean menos, es que les cuesta comprender un texto, relacionar ideas o evaluar una fuente. Y eso no es un problema de lenguaje, solamente, es un problema de todo el sistema educativo. Porque un estudiante que no comprende lo que lee difícilmente podrá resolver un problema matemático, interpretar un gráfico o comprender un fenómeno científico.

Durante mucho tiempo hemos tratado la lectura como un accesorio. Leer para entretenerse, leer por cultura, esto está bien, pero antes que todo, leer es una herramienta cognitiva, es una forma de aprender a pensar.

Por eso preocupa tanto esta figura del llamado lector apresurado que describe PISA. Jóvenes que recorren un texto rápidamente buscando una respuesta inmediata, pero sin comprender realmente. No leen para entender, leen para terminar.

La imagen nos resulta muy familiar: Todos vivimos rodeados de pantallas, de notificaciones, de contenido breve que compite por segundos de atención.

La lectura digital es útil, claro, nos permite acceder a información rápida, resolver dudas, pero no puede reemplazar del todo esa otra lectura que exige paciencia, concentración y memoria.

LA LECTURA PROFUNDA

Leer en profundidad implica detenerse, dialogar con el texto, compararlo con la experiencia propia, hacerse preguntas. Eso es un ejercicio intelectual difícil de cultivar en la lógica de la inmediatez.

A esto se suma un elemento nuevo, la inteligencia artificial. La tecnología no es el problema, el problema es cómo se usa. Si la utilizamos para evitar pensar, delegar el esfuerzo de leer, resumir, argumentar, estamos renunciando al corazón mismo del aprendizaje.

Aprender nunca ha sido acumular información, es comprender lo que no sabíamos, es transformar nuestra manera de mirar el mundo. Por eso urge revisar una práctica que todavía persiste: Creer que la lectura es tarea exclusiva del profesor de lenguaje.

Cada docente trabaja con textos, con conceptos, con argumentos. Cada sala de clases debería ser un espacio donde se enseña a leer y a pensar. Quizás ahí radica una de las tareas más urgentes de nuestra educación. Volver a poner la lectura en el centro no como un fin en sí mismo, sino como la condición que hace posible todo lo demás. Comprender vale más que acumular datos. Y en una época saturada de información, entender es, quizás, un acto de resistencia una lucha que vale la pena enfrentar.