Hace algunos años le preguntaron a Patricio Guzmán sobre los consejos que le daría a su yo del pasado y dijo:
«Mucho ánimo, no le tengas miedo a los franceses, sigue adelante, reúne el dinero para terminar «La Batalla de Chile»; no te desanimes con las futuras películas, pelea con los productores a muerte, que nunca te van a comprender; se un poeta por encima de la industria del cine y no te olvides nunca de tu patria»
La muerte de Patricio Guzmán, ocurrida este martes 15 de septiembre en París, a los 85 años, cierra una de las trayectorias más importantes del cine documental latinoamericano. Director, guionista y documentalista reconocido en los principales festivales del mundo, Guzmán desarrolló durante más de cinco décadas una obra que, aun realizada en buena parte desde el exilio, nunca dejó de mirar hacia Chile. Su historia, sus fracturas políticas, sus esperanzas, sus silencios y, sobre todo, su memoria fueron la materia persistente de su cine.
Nacido en Santiago en 1941, estudió en el Instituto Fílmico de la Universidad Católica y posteriormente completó su formación como director-realizador en la Escuela Oficial de Cinematografía de Madrid. A comienzos de los años setenta regresó a un Chile que atravesaba una experiencia política excepcional: el gobierno de la Unidad Popular encabezado por Salvador Allende. Guzmán decidió colocar su cámara en medio de ese proceso. Primero realizó El primer año, sobre los inicios del gobierno de Allende, y posteriormente comenzó el proyecto que marcaría definitivamente su trayectoria: La batalla de Chile.

La cámara frente a la historia
La batalla de Chile posee una característica que explica buena parte de su fuerza hasta nuestros días: no fue realizada retrospectivamente. Guzmán y su reducido equipo estaban allí mientras los acontecimientos ocurrían.
Durante 1973 filmaron elecciones, concentraciones, discusiones políticas, asambleas, organizaciones obreras, conflictos callejeros, el paro de transportistas, la creciente polarización social, el intento de golpe conocido como el Tanquetazo y finalmente el golpe de Estado del 11 de septiembre. La cámara registra incluso el ataque a La Moneda y la instauración de la Junta Militar. Era la historia ocurriendo frente al objetivo.
El propio Guzmán explicaría años después que su intención había sido actuar como testigo y construir la memoria cinematográfica de aquel momento histórico, no simplemente realizar una película de agitación política. Esa característica explica por qué La batalla de Chile sobrevivió al contexto que le dio origen y terminó adquiriendo el carácter de documento histórico.
Después del golpe, Guzmán fue detenido y permaneció cerca de dos semanas en el Estadio Nacional. Parte de su equipo también sufrió la represión. El caso más dramático fue el de su camarógrafo Jorge Müller Silva, detenido junto a Carmen Bueno en noviembre de 1974 y posteriormente desaparecido por agentes de la DINA. El material filmado logró salir clandestinamente de Chile y pudo ser montado en Cuba, dando forma a las tres partes de la obra: La insurrección de la burguesía, El golpe de Estado y El poder popular.
El cineasta francés Chris Marker desempeñó un papel decisivo en esa historia. Había conocido y admirado El primer año y posteriormente facilitó película virgen para que Guzmán pudiera continuar filmando en Chile. Su apoyo contribuyó también a que aquel registro pudiera preservarse y alcanzar circulación internacional.
Con los años, La batalla de Chile dejó de pertenecer únicamente a la historia del cine chileno. Se convirtió en una de las obras fundamentales del documental político mundial y en una fuente audiovisual insustituible para comprender la experiencia de la Unidad Popular, las formas de organización y movilización de aquellos años, la polarización de la sociedad chilena y la destrucción violenta del gobierno de Salvador Allende.
Su importancia ha sido reconocida durante décadas por la crítica internacional. Sight & Sound, publicación del British Film Institute, situó a La batalla de Chile entre los grandes documentales de la historia. La obra fue exhibida internacionalmente desde los años setenta y sus imágenes se transformaron, para generaciones de espectadores fuera de Chile, en una de las principales representaciones visuales del golpe de Estado y del derrumbe de la democracia chilena.

Chile después de Chile
Pero reducir a Guzmán a La batalla de Chile sería desconocer la extraordinaria continuidad de su trabajo. Desde el exilio siguió regresando cinematográficamente al país.
Lo hizo en En nombre de Dios, sobre el papel de sectores de la Iglesia Católica frente a la dictadura; en Chile, la memoria obstinada, donde confrontó a una sociedad que comenzaba a recuperar recuerdos largamente silenciados; en El caso Pinochet y Salvador Allende. Más adelante encontró una nueva forma de relacionar historia, memoria y territorio.
Nostalgia de la luz (2010) convirtió el desierto de Atacama en un espacio donde dialogan los astrónomos que buscan comprender el pasado remoto del universo y las mujeres que continúan buscando restos de detenidos desaparecidos. El botón de nácar (2015) llevó esa reflexión hacia las aguas y los pueblos originarios de la Patagonia, mientras La cordillera de los sueños (2019) utilizó los Andes como testigo de la historia y de las heridas del país. Finalmente, en Mi país imaginario (2022), Guzmán volvió su cámara hacia las movilizaciones sociales iniciadas en octubre de 2019.
De este modo, su filmografía fue evolucionando. Del documental político urgente de los años setenta pasó hacia un cine cada vez más reflexivo y poético, en el cual el paisaje chileno —el desierto, el océano, la cordillera— se convirtió también en depositario de la memoria.
Una trayectoria reconocida en el mundo
Los reconocimientos acompañaron esa evolución. Nostalgia de la luz obtuvo en 2010 el premio de la Academia Europea de Cine al mejor documental y el Premio François Chalais en Cannes. El botón de nácar recibió en 2015 el Oso de Plata al mejor guion en la Berlinale. La cordillera de los sueños obtuvo en Cannes el Ojo de Oro al mejor documental y posteriormente el Goya a la Mejor Película Iberoamericana.
A ellos se sumaron la beca Guggenheim, la Medalla Pablo Neruda al Mérito Artístico, el Premio Altazor y el Prix SCAM de Francia por el conjunto de su obra. Guzmán fue además fundador del Festival Internacional de Documentales de Santiago, FIDOCS, contribuyendo de manera decisiva a ampliar en Chile el espacio dedicado al género documental.
El reconocimiento institucional más importante de su país llegó en 2023, cuando recibió el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales, que destacó su contribución al documental y su compromiso con la verdad histórica, la memoria y la justicia social.

Una muerte que repercute fuera de Chile
La dimensión internacional de Guzmán ha quedado nuevamente en evidencia con la noticia de su fallecimiento. Su muerte fue recogida inmediatamente fuera de Chile por agencias y medios de distintos países. AFP lo presentó como el autor de una obra que constituye un hito del documental político y como uno de los cineastas latinoamericanos de mayor relevancia internacional. EFE destacó su condición de realizador dedicado a explorar cinematográficamente la memoria de Chile.
En España, El País lo despidió como “el maestro del documental chileno”, mientras Cadena SER lo definió como un referente del cine político latinoamericano y destacó la difusión mundial alcanzada por La batalla de Chile. En Brasil, Folha de S.Paulo puso nuevamente aquella trilogía en el centro de su legado y recordó que Guzmán continuó interrogando durante toda su vida la dictadura, la memoria y las transformaciones políticas de su país.
Esa repercusión permite entender una particularidad de su trayectoria. Patricio Guzmán fue un cineasta profundamente chileno que terminó perteneciendo al patrimonio cinematográfico internacional. Vivió durante décadas lejos de Chile, pero nunca se alejó realmente del país: regresó a él película tras película, interrogándolo, recordándolo y tratando de comprenderlo.
Quizás por eso una de sus frases más conocidas adquiere hoy una significación especial: “Un país sin cine documental es como una familia sin álbum de fotografías”.
Guzmán construyó durante más de medio siglo una parte esencial de ese álbum.
La batalla de Chile registró un país en el instante mismo en que su historia cambiaba violentamente de dirección. Sus películas posteriores volvieron una y otra vez sobre las consecuencias de aquella ruptura. Entre ambos momentos se despliega prácticamente toda su obra: una búsqueda persistente por impedir que las imágenes, los protagonistas y las experiencias del Chile contemporáneo desaparecieran bajo el olvido.
Esa probablemente sea la dimensión mayor de su legado. Patricio Guzmán no sólo filmó la historia de Chile. Convirtió la memoria de Chile en cine y consiguió que esa memoria circulara por el mundo.












