¿Son los profesores y profesoras los únicos responsables en la enseñanza de la escritura y la lectura?

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No, no lo son.

En Chile este domingo 16 de octubre se celebra una vez más a los profesores y profesoras del país. Las redes se inundan de mensajes de apoyo y felicitaciones, todos muy merecidos sin duda. En Libros y Bibliotecas, sin embargo, nos hemos querido detener en lo injusto que resulta cargar con la responsabilidad de la enseñanza de lecto-escritura, solamente, a las y los docentes.

Es evidente lo determinante que puede ser, para la formación de lectores, la labor de aula que, en particular los docentes del primer ciclo básico, realizan año a año, generación tras generación.

Sin embargo, ya desde esa etapa formativa básica se puede apreciar el desdén con el que nuestra sociedad valora tal tarea, de momento que aquellos y aquellas docentes tienen escasas posibilidades de acceder a metodologías pedagógicas de innovación, que renueven y actualicen sus métodos de enseñanza. Para qué hablar de soportes técnicos o infraestructura adecuada para tan difícil tarea.

Enseñar a leer y escribir hoy no es lo mismo que hacerlo hace 50 años. El lenguaje ha derivado a espacios más visuales y concretos. Hace 50 años periódicos o libros de cuentos tenían escasas competencia, a la hora de buscar soportes técnicos de apoyo para las clases dedicadas a aprender a leer y escribir.

 

¿Tienen maestros y maestras, a su disposición, material que contemple las tendencias predominantes del lenguaje actual? Quizás los que trabajan con alumnos y alumnas de sectores medios y acomodados, pero los que lo hacen en sectores populares ciertamente no. Ahi, entonces, un primer ejemplo de la falta de presencia del aparato público para asumir la tarea de enseñar a leer y escribir como una labor prioritaria y relevante.

Es evidente que esta etapa primera de formación lectora deposita sus posibilidades de éxito en la energía, que en ella, ponen profesores y profesoras. Contar con mejores hábitos lectores, por ejemplo, estará condicionado por los métodos y estrategias de enseñanza con los que niños y niñas se hayan aproximado de la lectura. Pero no debemos equivocarnos en responsabilizar a esos docentes de primaria en el desarrollo lector de quienes alguna aprendieron sus primeras letras con ellos. 

Si queremos mantener el entusiasmo lector inicial debemos entender que todos y todas, desde nuestros diferentes y variados espacios, tenemos responsabilidad por el crecimiento de las y los lectores, por la adquisición y mejoramiento de hábitos lectores, por el acceso universal al libro y la lectura, en fin.

Una cuestión inicial es que, por ejemplo, toda la comunidad escolar entienda la enseñanza lecto-escritora como una tarea colectiva y transversal. También que el Estado y sus representantes creen políticas públicas que innoven llevando la lectura a espacios no convencionales, más allá de las aulas, por ejemplo; que se atienda a los adultos y sus necesidades lectoras, fortaleciendo las bibliotecas públicas y la labor de entidades de fomento lector que emergen de la sociedad civil; que, de una vez por todas, se sincere nuestra realidad y abordemos el analfabetismo funcional, en fin.

Las y los profesores son profesionales que abordan una labor sensible, de su dedicación y esfuerzo, depende que nuestra sociedad cuente con las fortalezas necesarias para crecer y desarrollarse. Pero no parece justo, ni pertinente, dejarlos como únicos responsables de los avances y retrocesos en nuestra preocupante realidad lectora.

 

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