“La primera vez que leí un libro fue en la biblioteca. Después de eso, he pasado los mejores momentos de mi vida en el CRA”. Es el testimonio de Fernanda, una niña de 12 años, desde su colegio en Arica.
Para la mayoría de los habitantes de nuestro país, la biblioteca escolar suele ser la primera y, demasiadas veces, la única exposición a los libros y la lectura en sus vidas. Son muchas las investigaciones señalan que la lectura por placer en personas menores de 16 años incrementa el desarrollo cognitivo, multiplica el vocabulario y las ideas abstractas, aumentando significativamente las posibilidades de obtener mejores puestos de trabajo en el futuro. Además, las bibliotecas escolares cumplen un papel relevante en la democracia: niños y niñas están en igualdad de condiciones, son instancias de encuentro, de intercambio, de desarrollo cívico y de apoyo emocional.
Este año se cumplen 30 años desde que un grupo de profesionales, dirigido por Constanza Mekis, creara la mayor red de bibliotecas escolares hasta entonces: los Centros de Recursos para el Aprendizaje, o Bibliotecas Escolares CRA. El programa está presente en más de 11 mil escuelas públicas y tiene una cobertura nacional casi completa. Es un programa pionero, un modelo a imitar en toda Iberoamérica. Hasta hoy. Aunque, tal vez, sea más correcto decir hasta ayer.
Paradójicamente, a 3 décadas de su exitosa creación, las bibliotecas escolares se encuentran en su momento más precario. En 2016 existían más de 10 mil bibliotecas escolares, el presupuesto que recibían para la compra de libros, capacitaciones y actividades de fomento lector casi alcanzaba los 8.500 millones de pesos. Hoy, con más de 11 mil bibliotecas, el presupuesto apenas supera los 3.100 millones de pesos. Hablamos de una reducción del 63%. Solo entre 2023 y 2024, la reducción de presupuesto para estas bibliotecas superó largamente el 32%.
En la Política de la Lectura, el Libro y las Bibliotecas de 2023 se compromete el desarrollo de colecciones en bibliotecas públicas y escolares, pero nada se dice del presupuesto. El Plan Nacional de la Lectura se acabó en el 2020 y nunca fue renovado. Para las bibliotecas escolares el aumento prometido para 2025 no supera el 1,8%.
¿Cómo seguimos?
Abandonar las bibliotecas escolares así es asegurar una tragedia presente y, sobre todo, futura. Quiero creer que, en un pasillo de La Moneda, un Ministerio o el Congreso, alguien pensará en las maravillosas oportunidades que encuentran en la lectura millones de niños y niñas que asisten cada día a las escuelas públicas de Chile. O que recordará un libro que cambió su vida y tomará decisiones de política pública que apuesten al largo plazo de modo virtuoso.
La única apuesta exitosa para las sociedades es acompañar a las personas con educación, lectura y alfabetización. Y una de las herramientas más poderosas son las bibliotecas escolares. Para garantizar su continuidad, sin embargo, no sirven más las palabras, sino los recursos.
(*) Este artículo fue publicado el 17 de octubre pasado, en el Diario La Segunda, lamentablemente las aprehensiones del autor siguen vigentes.