
Esa es la provocadora idea que plantea el artículo de Ismael Sanz, que compartimos en este espacio. En él desarrola el concepto de compromiso cognitivo: la capacidad de un estudiante para sostener la atención, enfrentar desafíos, relacionar ideas, pensar críticamente y tomar conciencia de su propio proceso de aprendizaje.
Más que medir solo asistencia, conducta o cumplimiento de tareas, estas herramientas permiten observar algo mucho más importante: si el estudiante está realmente pensando. El texto revisa prácticas concretas para detectar y estimular ese compromiso, desde el nivel adecuado de desafío y la conexión con contextos significativos, hasta la metacognición y el uso de múltiples enfoques.
La discusión va más allá de la presencialidad del proceso lectivo, el tiempo frente a las pantallas de los educandos o las formas de uso que éstos hacen de la IA. El punto de atención está puesto en el proceso de aprendizaje mismos, el el proceso de comprensión de la realidad, independientemente del formato o espacio donde se lleve a cabo.
El artículo es de marzo de 2026 pero, en el contexto de los resultados PISA 2025 es pertinente revisarlo, porque cualquier recomendación para mejorar nuestros procesos de aprendizajes parecen ser más necesarios que nunca.
Vale la pena leerlo, especialmente en momentos en que la educación necesita avanzar desde la mera transmisión de contenidos hacia una pregunta más exigente: ¿cómo sabemos que el aprendizaje efectivamente ocurrió?


