Un estudiante de séptimo básico recibe un computador. Lo enciende, escribe un texto, busca información para una tarea, consulta un mapa, prepara una presentación o ingresa a una biblioteca digital. Otro estudiante, de su misma edad, realiza esas actividades desde un teléfono compartido con su familia, con una pantalla pequeña y una conexión limitada. Ambos conocen las pantallas, pero no disponen de las mismas herramientas ni tienen las mismas posibilidades de utilizarlas para aprender.

Esta diferencia ayuda a comprender la controversia provocada por la decisión del Gobierno de eliminar del Presupuesto 2027 los recursos destinados a Yo Elijo Mi PC. El programa, creado en 2009, entrega computadores principalmente a estudiantes de séptimo básico pertenecientes a sectores vulnerables. Su propósito ha sido disminuir la brecha digital y facilitar el acceso a tecnologías que hoy forman parte de la vida escolar, laboral y cultural.

El Gobierno ha fundamentado su decisión en las evaluaciones realizadas al programa. De acuerdo con estos antecedentes, la entrega de los computadores no habría generado efectos significativos en las calificaciones, la asistencia o algunos otros indicadores educativos. También se han señalado problemas de implementación y focalización. Son observaciones que deben ser consideradas seriamente. Los recursos públicos tienen que ser evaluados y ningún programa debiera mantenerse de manera indefinida únicamente porque ha existido durante muchos años.

Sin embargo, una evaluación crítica no conduce necesariamente a la eliminación de una política. También puede indicar que esa política debe ser corregida.

La principal dificultad de Yo Elijo Mi PC parece estar precisamente en la distancia entre la entrega del equipo y su aprovechamiento educativo. Poner un computador en manos de un estudiante no produce automáticamente mejores notas, del mismo modo que entregarle una colección de libros no garantiza que los lea, que comprenda sus contenidos o que incorpore la lectura a su vida. Entre el acceso a una herramienta y el aprendizaje que pueda obtenerse de ella existe un proceso que necesita orientación, tiempo y acompañamiento.

Por eso, la pregunta correcta no es solamente si los computadores mejoraron las calificaciones. También corresponde preguntar si permitieron reducir una desigualdad concreta, si facilitaron la realización de tareas, si ayudaron a escribir y corregir textos, si acercaron a los estudiantes a bibliotecas, archivos y materiales educativos, o si les permitieron adquirir competencias digitales que serán necesarias durante el resto de sus vidas. Ninguno de estos parámetros de medición se aplicaron al programa en los últimos años.

En los últimos días se ha incorporado otro argumento al debate. El presidente José Antonio Kast ha relacionado la eliminación del programa con la preocupación por la exposición temprana de los niños a las pantallas. El planteamiento recoge un problema real. El tiempo excesivo frente a teléfonos y otros dispositivos, la sucesión permanente de estímulos, las notificaciones y el desplazamiento acelerado por las redes sociales pueden debilitar la atención y dificultar la lectura de textos extensos. La crisis de la comprensión lectora obliga a examinar seriamente la manera en que niños y adolescentes se relacionan con los contenidos digitales.

Pero reconocer ese problema no significa que todas las pantallas sean iguales ni que cualquier contacto con la tecnología provoque los mismos efectos.

No es lo mismo pasar varias horas desplazando imágenes y videos en un teléfono que utilizar un computador durante una clase para comparar dos documentos históricos, redactar un cuento, construir un gráfico o investigar sobre un fenómeno científico. Tampoco es igual una pantalla utilizada en solitario, sin horarios ni orientación, que un dispositivo incorporado a una actividad dirigida por un profesor. En un caso predomina el consumo rápido y fragmentado; en el otro puede existir búsqueda, selección, escritura, reflexión y creación.

Esta distinción es importante porque los beneficiarios del programa no son niños de educación parvularia ni de los primeros años de enseñanza básica. Se trata, principalmente, de estudiantes de séptimo básico, de alrededor de doce o trece años. A esa edad ya están usando internet, teléfonos y redes sociales. La educación no puede actuar como si ese mundo todavía no existiera. Su responsabilidad es enseñarles a desenvolverse en él con criterio, seguridad y una creciente autonomía.

Eliminar la entrega de computadores tampoco significa eliminar las pantallas de la vida de esos estudiantes. Lo más probable es que continúen utilizándolas, pero lo harán mediante teléfonos, dispositivos compartidos o equipos de menor calidad. Los hogares con mayores ingresos seguirán comprando computadores para sus hijos y contratando conexiones adecuadas. La reducción de la exposición digital, por tanto, podría terminar aplicándose principalmente a quienes no tienen recursos para adquirir una herramienta propia.

La discusión posee así una dimensión de desigualdad que no debería quedar oculta. Tener acceso a un teléfono no equivale a disponer de un computador para estudiar. Un teléfono permite comunicarse y acceder a información, pero tiene importantes limitaciones para escribir un trabajo extenso, organizar datos, editar contenidos, programar o desarrollar un proyecto escolar. Confundir ambos dispositivos puede llevarnos a creer que la brecha digital ha desaparecido simplemente porque casi todos los adolescentes conocen las redes sociales.

La alfabetización contemporánea también incluye capacidades que se aprenden utilizando tecnología. Un estudiante necesita saber buscar información, distinguir una fuente confiable de una falsa, comparar versiones, reconocer publicidad encubierta, proteger sus datos y utilizar críticamente las nuevas herramientas de inteligencia artificial. Nada de esto se consigue apartándolo del mundo digital. Se consigue enseñándole a habitarlo.

El desafío consiste entonces en reformular Yo Elijo Mi PC. La entrega del equipo tendría que estar acompañada por un programa pedagógico efectivo. Los establecimientos podrían comprometer actividades concretas en Lenguaje, Historia, Ciencias, Matemática y otras asignaturas. Los profesores necesitarían formación para incorporar el computador cuando aporte algo al aprendizaje y prescindir de él cuando el papel, el libro, la conversación o la experiencia directa sean más apropiados.

También sería necesario involucrar a las familias. Los padres y apoderados requieren orientaciones claras sobre tiempos de uso, descanso, sueño, seguridad, protección de datos y redes sociales. El acompañamiento familiar no puede depender únicamente de los conocimientos previos de cada hogar, porque eso vuelve a reproducir la desigualdad que el programa pretende disminuir.

La lectura profunda debería ocupar un lugar central en esta reformulación. El computador no tiene que sustituir al libro. Puede servir para localizar un texto, consultar antecedentes, contrastar interpretaciones y escribir una reflexión después de leerlo. Una política bien diseñada puede enseñar precisamente cuándo conviene utilizar el papel y cuándo la tecnología ofrece posibilidades diferentes. Formar lectores en el presente supone recuperar la concentración, pero también desarrollar la capacidad de orientarse críticamente entre miles de contenidos.

Las evaluaciones futuras, por su parte, no deberían limitarse a las notas y la asistencia. También tendrían que medir: comprensión lectora, calidad de la escritura, manejo de fuentes, producción de contenidos, competencias digitales, autonomía para estudiar y reducción efectiva de las diferencias de acceso. Si el programa busca enfrentar una brecha tecnológica, debe saber primero qué estudiantes carecen realmente de un computador funcional y de una conexión adecuada. Las buenas calificaciones no siempre constituyen el mejor criterio para determinar esa necesidad.

Yo Elijo Mi PC puede tener deficiencias importantes. Defender su reformulación no significa negar esas deficiencias ni pedir que todo continúe como antes. Significa sostener que un problema de diseño se corrige diseñando mejor y que una herramienta subutilizada puede adquirir sentido cuando se integra a una estrategia educativa.

Chile necesita recuperar la lectura extensa, la escritura, la atención y el encuentro directo entre profesores y estudiantes. Pero también necesita impedir que el acceso al conocimiento digital dependa del ingreso de cada familia. Un computador sin orientación, sin propósito y sin reglas puede convertirse en una pantalla más. Acompañado por un profesor, una familia y una comunidad educativa, puede ser una puerta hacia libros, archivos, preguntas y conocimientos que de otro modo permanecerían fuera del alcance de muchos estudiantes.

El dilema, en consecuencia, no está entre el computador y el libro. Está entre abandonar a los niños frente a las pantallas o enseñarles a utilizarlas para comprender mejor el mundo.